Un Ciego con una Pistola

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La metamorfosis de Federico García Lorca

Me ha sucedido con Federico García Lorca que de tan mentado se me ha hecho plúmbeo. Desde el instituto leyendo sus versos y, también desde entonces, repasando su teatro. Como además me gusta el flamenco, he conocido versiones a mansalva de sus poemas: discos dedicados a su memoria, inspirados en sus versos, homenajes sin más. Sus temas, algunos, repetidos hasta el hastío que siempre provoca el destino caló, por persistente (como la tragedia griega). Sobre este campo abonado ha venido a sembrar el malvado Reig que, a fuerza de desmitificarlo, quizá le ha quitado brillo a su memoria, tan avasalladora. En su mejor libro hasta el momento, Manual de literatura para caníbales, que es una novela y una sabrosa introducción a la historia de nuestra literatura, imagina a Lorca en acción y lo describe así:

 «Que él recordara, en unos quince minutos, el fastidioso Federico fue capaz de:

a) Contar chistes imitando varios acentos regionales (catalán, gallego y aragonés)

b) Tocar al piano una sonatina de Chopin (sería)

c) Cantar una tonadilla andaluza que hablaba de amor, olivos, jacas, un cuchillo y un pozo

d) Recitar unos poemas (bastante cursis) sobre palomas, colibríes y algunos otros pájaros rodeados de flores o arbustos (aparecían al menos el mirto, el jazmín y el alhelí).

e) Disfrazarse de sacerdote, de su propio cadáver y de la Inmaculada de Murillo.

La única ventaja era que no resultaba complicado librarse de él: en cuanto dejaba de ser el centro de atención, cogía el portante y se presentaba en otro lugar para repetir el mismo numerito ante un auditorio diferente.»

Es una forma un tanto ruda, por ser casi un argumento ad hominen, de combatir esa situación de la que nos hablan las prologuistas al volumen, Pilar del Río y Mercedes de Pablos, cuando dicen:

«A él seguramente no le hubiera incomodado, pero lo cierto es que se convirtió en el perejil de todas las salsas, en el Gran Inevitable.

Quisimos tanto a Lorca que temimos matarlo de puro mimo, asfixiarlo de arrumacos y elogios, ocultarlo con la retórica de lo mitificado. »

Pero, sin contar con ella, ha llegado esta novela gráfica sobre su vida que no es una biografía ilustrada, como también han notado las citadas; son doce historias en las que el poeta aparece, pero poco. Son quienes le trataron, con cariño, con odio o impotencia. Hablan, actúan, reaccionan. Es la huella la que reconstruye, hasta cierto punto, al autor. El abordaje propiciado por Carlos Hernández y El Torres consigue, de acuerdo, una nueva mirada, una metamorfosis espléndida de Lorca, según mi modesto juicio. El dibujo y el color, también según creo, consiguen el realismo desde la abstracción y mezclan trazo fino y mancha con una facilidad pasmosa. El guión, en fin, trabado a pesar de su construcción caleidoscópica, mantiene un punto de inocencia que me ha recordado a Alfonso Zapico (vaya usted a saber por qué) en Café Budapest o incluso en su Bertenev. Quizá para entender a Lorca sea necesario ser, en cierta medida, un niño. Carlos Hernández, casi un desconocido fuera de Andalucía, se ha cubierto de gloria poniéndose por mantón a Federico García Lorca. (También El Torres, de cuya labor sólo sabemos que, como la institución, «Limpia, brilla y da esplendor» -para más detalles, véase el blog-).

Ficha técnica:

Título: La huella de Lorca

Autores: Carlos Hernández y El Torres

Editorial: Norma

ISBN: 9788467905311

Edición: abril de 2011

PVP: 16€

El blog de Carlos Hernández:

Carlos Hernández … qué dura es la vida del artista

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