Un Ciego con una Pistola

Ya conoces la novela, es un guiño, y sabrás por eso que este es un blog pretencioso sobre el libro y su mundo. Si quieres comentar algo, adelante, si quieres enviarme tu libro, mucho mejor: daré cumplida cuenta.

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Más que un accidente, una catástrofe (y II)

Así pues, contaba que colocado de sándalo y determinación me incliné por el último de Kadaré, príncipe de las letras, que acaba de publicar en español El accidente (Alianza). La historia viene siendo algo como: Bestford y Rovena son dos amantes que mueren al salirse de la carretera el taxi en el que viajaban, en el ínterin intentaban -o hacían por- besarse, en el aire, tal y como declara el taxista que conducía. Este malhadado episodio pone en movimiento a los servicios secretos de Yugoeslavia, lo que queda de ella, y Albania, así como el buen hacer de un meticuloso investigador privado para esclarecer el carácter del suceso: ¿asesinato? ¿accidente?

El currículo del autor, exiliado en París por su desacuerdo con el régimen comunista de Enver Hoxha, emperador extraño (del Valle dixit), así como la condición del personaje principal de la trama, Bestford, a sueldo del tribunal internacional de La Haya, harían pensar en una novela de importantes implicaciones políticas. Nada más lejos de la realidad, pues, a pesar del magisterio que Miguel Dalmau le atribuye para transitar entre lo público y lo privado en Qué leer, es el ámbito personal el que gobierna este libro difícil: lenguaje elusivo, trama gaseosa.

Es al fin una historia de amor, para entendernos, entre el político maduro y la joven y bella estudiante de historia, cuajada de incomunicaciones, de malentendidos. Esta corre paralela, inmersa en el devenir de la Europa del siglo veinte: la caída del muro, la guerra de Yugoslavia; está trufada por refencias literarias de altos vuelos, Homero, Platón, entre otros, y un interesante episodio cervantino-platónico (de Cervantes toma la materia del «curioso impertinente» y de Platón la orfebrería del mito) que nos conducen, me parece, a una catástrofe.

Y es que tantos oropeles, tanta reflexión sobre la pareja, tanto vapor para lo de siempre: una relación recortada a la escala del protagonista, en este caso Bestford:

«Ésta era en apariencia la razón de que él, no pudiendo situar su amor a salvo de ese peligro [la pérdida], hubiera decidido separarlo en dos fases, la primera, la segura, definitivamente sellada ya, y la segunda, aquella en la que Rovena ya no era su amada sino una simple call girl, en otras palabras, una chica de alterne»,  p. 282

Una prostituta, eso sí, con carrera, a la que sin despeinarse, unas páginas antes, da lecciones sobre su disciplina, y sobre política, sin que ella vea la bola ni de lejos:

«Porque soy un ciudadano […] Lo cual significa que me concierne todo lo relativo a la vida de la cité. Rovena no acabó de entender el sentido de sus palabras, pero se abstuvo de manifestarlo.», p. 250

Y entonces, ¿qué ve el varón rampante, intrépido, culto y atormentado en la chica «que no acaba de…»?: el reflejo de una idea, la mujer ideal (claro que, menudo ideal). Platón pues. Quién lo iba a decir. Resumiendo: un trabajo de libro que, siento decirlo, no compensa (pace, Dalmau).

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Más que un accidente, una catástrofe (I)

Supongo que exceptuando gente enterada y culta, a mi el premio Nobel, como el Príncipe de Asturias de las Letras, me suele pillar a contra pelo. No te digo más que el último que me sonó fue Saramago y por cosas de mi padre que le cogió cariño hace veinte años, viajando por Portugal, como él mismo escribió por aquel entonces. Así que un año más a remolque, a leer como con vergüenza del tiempo perdido a estas nuevas dos estrellas del cielo europeo, tan índigo, tan sieso.

Te adelanto que con Herta Müller fracasé estrepitosamente, fue una lucha perdida de antemano. Abrí el libro, dos capítulos y a la lona. Y no porque escriba mal, no. Es que, ya digo, estas cosas, siempre, con el pie cambiado. Y caí, y lo cerré sin contemplaciones (El hombre es un gran faisán en el mundo, telita con el título, muy metafórico, un directo a morder el polvo). Así que en el segundo asalto con Kadaré me lo preparé a fondo: todo relax, concentración, la alfombra en plan zen y toneladas de sándalo. Y funcionó, la verdad y no porque el albano ayudara mucho, no.

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